Gran Bretaña: Sé el jardinero de tu propia vida

Nací en Londres y viví en Inglaterra una parte importante de mi vida. Allí aprendí a amar los jardines, a esperar con impaciencia, después de los largos, oscuros y fríos inviernos, los primeros narcisos amarillos, vibrantes de color, una explosión de alegría que anticipaba la primavera.

Mis paisajes preferidos son jardines y campiñas: el jardín de miss Lee, mi abuela londinense, donde una ardilla saltaba del manzano y esperaba sobre el murete la galleta rellena que le ofrecíamos cada tarde; el jardín de la placita a la que daba la habitación de mi residencia en Londres, al que solo se podía acceder con una llave que me parecía mágica; el jardín de mi familia en el Empordà, donde aprendí a plantar y disfrutar de la espera, y a maravillarme con el paso de las estaciones y el grito nocturno de la lechuza; el de mis abuelos maternos en la Gironde, con su bosque de bambúes y sapinettes gigantes de los que colgaban unos columpios; el jardín público que había enfrente de su casa en Burdeos, con su inmenso Ginkgo biloba, que nunca he podido replicar; los jardines de la universidad en Oxford, con sus olmos centenarios, sus flores y sus ciervos; el jardín colgado sobre el mar de mi casa preferida en Galicia, con su camino de lavanda y rosas que llegaba, casi, hasta el mar.

Y ahora también mi pequeño jardín de casa, colmado de refugios y alimento para los pájaros. Podría ilustrar mi vida con los jardines en los que he crecido y vivido. Sueño con poder recorrer más jardines y campos, en Japón, en Bután, en Irlanda... El jardín es para mí el símbolo vivo de lo mejor del espíritu humano y de la naturaleza, una obra de arte de serenidad, paciencia y belleza, un verdadero cómplice de tu vida.

«La jardinería es una forma de mostrarle al mundo que tú crees en el mañana.»
Anónimo