¿Qué tienen en común una famosa escuela de psicología y el estoicismo?

La escuela cognitivo-conductual fue fundada en los años cincuenta del siglo XX por Albert Ellis y Aaron Beck.

Albert Ellis reconocía que las palabras de Epicteto —«a los hombres no les afectan las cosas en sí, sino sus opiniones acerca de estas cosas»— había inspirado su modelo ABC de las emociones, que está en el centro de la terapia cognitivo-conductual: experimentamos un evento (A), luego lo interpretamos (B), y entonces sentimos una respuesta emocional de acuerdo con nuestra interpretación (C). Ellis sugería, como los estoicos, que podemos cambiar nuestra emoción si cambiamos nuestra opinión, pensamiento o juicio acerca de una realidad.

La neurociencia respalda este principio: cuando cambiamos de opinión sobre alguna cosa nuestras emociones también cambian (la neurociencia lo llama «reevaluación cognitiva»). Esto sugiere que tenemos cierto control sobre nuestras emociones: basta con cambiar nuestra interpretación de las cosas, es decir, nuestras opiniones.

Y eso, ¿realmente funciona? ¡Sí! Los resultados avalan el poder de nuestra mente para curarse a sí misma. La terapia cognitivo-conductual (TCC) muestra en numerosos estudios que los humanos sí somos capaces de superar desórdenes emocionales: un tratamiento de unas 16 semanas de TCC ayuda en torno al 75 por ciento de pacientes a superar su ansiedad social, un 65 por ciento a recuperarse de trastornos por estrés postraumático, y hasta a un 80 por ciento de personas a superar ataques de pánico. Con respecto a la depresión de leve a moderada, la TCC ayuda a un 60 por ciento de pacientes, una cifra similar a la de un tratamiento con antidepresivos (aunque la recaída es mucho menor después de TCC que tras un tratamiento solo con antidepresivos).

Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel, afirma que «la TCC muestra claramente que podemos reaprender nuestras respuestas emocionales. Estamos constantemente aprendiendo y adaptándonos».